En el castillo de Yph

A la Sombra de la Luna

Se cubrió él con el manto, el del lobo muerto,
la corona oxidada, la máscara cierta.
Entró a su cuarto ya cubierto,
suspiró al cerrar la puerta.

Se paró frente al espejo:
Redondo, su marco dorado,
el cristal, por el uso, ajado.
Pestañeó, y la luz dio un respingo.
Estiró su mano, se mordió el instinto,
y la guardó de nuevo en el cinto.

Ella le miró desde el reflejo,
la sonrisa tímida, el pelo dorado,
alborotado.
los ojos oscuros, siempre tan lejos.
siempre detrás del cristal de lo supuesto.

—malditas ensoñaciones, malditos recuerdos,
malditas ilusiones mostrando mentiras—,
masculló él tragándose el anhelo.
Y la imagen despareció con el viento,
el viento de un suspiro encubierto.
Y aunque en el castillo de Yph no resonó un lamento,
nadie pudo decir que no fuera cierto.

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